Omnipotencia en tiempos de crisis: la voluntad de no poder.

“Nada es más lento que el verdadero nacimiento de un hombre“.

Memorias de Adriano. Marguerite Yourcenar.



La encrucijada que desató -o profundizó- esta epidemia global expuso a las claras el agotamiento y la desvitalización de muchas personas que, entonces, terminan por enfrentarse a la temerosa sensación de incertidumbre, de no poder. O, mejor dicho los enfrenta a la pregunta: ¿Cómo continúa ésto? ¿Podré elegir la opción de no poder?


A su vez, se extraña tomar un café con aquel confidente o con la persona que suele ser testigo de nuestro dolor y de nuestra fragilidad en los momentos de difícil transición. Qué importante es poder retomar una charla con aquellos para quienes seguimos siendo los mismos a través del tiempo y el espacio. Ahí, es donde podemos pedir ayuda, es donde nos integramos, y nos reconocemos como seres esencialmente sociales.


El problema reside en que la omnipotencia es un estereotipo cultural que nos precede. Asumimos que debemos poder con todo y, así, llegamos a la cuarentena llenos de desafíos, de intentos por mostrar el poder que teníamos (y el que no, también). Incluso, en el reto mayúsculo que demanda la pandemia y la nueva normalidad en plena construcción, toda esa fuerza cultural que -como casi nada- permanece en pie, nos impulsa a lograr más. Pero, ¿más de qué?


Es importante aquí distinguir el hacer para otro, del hacer con el otro.


¿Qué sucedería si nos permitiéramos no poder, si diéramos por tierra con aquella premisa que nos obliga a ser todopoderosos? Si dejáramos de hacer para “el otro” en vez de hacer “con el otro”, quedaríamos desnudos frente a la libertad de cumplir con nosotros mismos. Eso nos enfrentaría a un atolladero porque, aunque pensemos que vivimos en una cultura individualista, pocas veces estamos preparados para ocuparnos puramente de nuestra persona. En consecuencia, en ocasiones sentimos que debemos camuflar nuestro accionar para que parezca que pensamos en los otros, aunque así no fuera. Tendemos a eso porque lo que está en juego es la imagen de que podemos dar lo que se espera de nosotros. Y tal vez más.



También es importante entender en qué sentido nos vinculamos al término poder, si lo tomamos como verbo o como un sustantivo. En el primer caso, hablamos de acción. Una que no frena. Porque el hacer se automatiza, se naturaliza frente a la supervivencia. En este caso, será cuestión de registrar nuestro cansancio y de obedecer a las sensaciones que comunica nuestro cuerpo/mente.


Sin embargo, si lo analizamos desde la óptica del poder como sustantivo, el sentido está vinculado a un constructo cultural que interpreta como logro al quehacer sin pausa. Es decir, genera la sensación de triunfo, de superación, de poder omnipresente.


La victoria y la derrota se mezclaban, confundidas, rayos diferentes de la misma luz solar. ( Memorias de Adriano).


En mis años de experiencia trabajando en procesos de cambio con personas y grupos en la práctica psicoterapéutica, así como en ámbitos institucionales y organizacionales, identifico cuatro estilos o rasgos de manifestación de la omnipotencia.


1- El de la persona con rol de poder, que se caracteriza por no comprender que los sueños son un estímulo para avanzar en el viaje, y no algo que hay que materializar.

2- El del complaciente, quien no ha aprendido a decir que no, como forma de fortalecer su autoestima y reforzar una relación.

3- El del sobreadaptado, que es aquel que no le da a su cuerpo un lugar destacado en su vida y, entonces, lo somete a esfuerzos ilimitados.

4- El del perfeccionista, cuya autoexigencia lo neutraliza, impidiéndole materializar, que una idea, supere la abstracción y acceda a la práctica.



Aquí es importante no confundir la necesidad de seguir contra viento y marea (omnipotencia), de la posibilidad de identificar lo que podemos y queremos hacer, y de lo que no.


Si creemos que detenernos es flaquear y mostrar un aspecto personal frágil, es porque estamos pensando en el afuera, no en nosotros. Estamos pensando en el otro como público y no en el otro como camaradas que nos acompaña en momentos en los que nos permitimos mostrar nuestras sombras (momento de entrega) ,“nuestra impotencia ante lo que no nos es factible controlar”. Esas no son aguas en donde navegan los omnipotentes.


Sin embargo, en una actualidad en la que son muchos los que redoblan los esfuerzos, es fundamental que recuerden su propósito. El por qué lo hacen; para quién. Es decir, que reconozcan el sentido. Para lograrlo, la especulación y el cálculo omnipotente no ayuda; sí el asumir la vulnerabilidad que nos hace humanos. No podemos con todo. Y está bien que así sea.

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